
La llegada del castrismo al poder significó para Cuba un apartamiento radical de la tradición republicana y del modelo demoliberal occidental. En su lugar, se instauró un régimen de partido único que ha privilegiado alianzas con gobiernos autoritarios, sin rubor alguno de sus élites. Esta deriva explica, en parte, la política de sanciones de Estados Unidos, que responde a la cercanía de La Habana con regímenes considerados enemigos de la democracia liberal.
La República Islámica de Irán se sostiene en una ideología chiita que legitima el sacrificio en nombre de la fe y del régimen. La ejecución del rapero Erfan Mirzaei el 6 de septiembre de 2026, condenado por “moharebeh” (guerra contra Dios), es un ejemplo de cómo la pena de muerte se utiliza como herramienta política. El ahorcamiento secreto en la prisión de Dastgerd, Isfahán, refleja la brutalidad de un sistema que recurre a métodos medievales como lapidaciones, amputaciones y flagelaciones.
La represión de las protestas desde 2022 ha dejado un saldo estremecedor: aproximadamente 1.600 manifestantes asesinados recientemente, según organizaciones de derechos humanos, además de miles de encarcelados. La condición de la mujer en Irán está marcada por una inferioridad legal y social: obligatoriedad del velo, restricciones en la vida pública y un testimonio judicial que vale menos que el de un hombre. Los homosexuales, por su parte, son perseguidos con saña y ejecutados públicamente mediante ahorcamiento en grúas, a modo de escarmiento.
El régimen Juche, creado por Kim Il-sung, mezcla nacionalismo extremo con culto a la personalidad. Corea del Norte se caracteriza por campos de trabajo forzado, ejecuciones públicas, desapariciones y un control total de la información. La represión cultural y la prohibición de cualquier religión independiente consolidan una sociedad cerrada, donde incluso familias enteras pueden ser castigadas por los actos de un solo individuo.
A ello se suma una aberración que agrava la tragedia: el desarrollo del arma nuclear y de la tecnología misilística, logrado a costa de la vida miserable que padecen los norcoreanos. Mientras la población sufre hambre y privaciones extremas, el régimen invierte sus recursos en proyectos militares que no solo perpetúan la opresión interna, sino que representan una amenaza fatal para los países vecinos y para la propia población de Corea del Norte.
Aunque Cuba no comparte la raíz ideológica religiosa de Irán ni el nacionalismo extremo de Corea del Norte, sí coincide con ambos en la censura, la represión de la disidencia y el aislamiento internacional. El socialismo de partido único ha convertido a la isla en un espacio donde la pluralidad política es inexistente y los derechos humanos son sistemáticamente vulnerados.
La diferencia clave es que Cuba aún tiene la posibilidad de distanciarse de estos modelos y abrirse a un futuro democrático. Ello implica garantizar derechos fundamentales, permitir el pluralismo político y superar el aislamiento que la ha mantenido en la órbita de regímenes represivos.
Irán y Corea del Norte representan dos formas distintas de totalitarismo, pero coinciden en el uso del miedo, la violencia y la ideología para perpetuarse. Cuba, atrapada en su propio sistema, debe evitar seguir el camino de estas naciones y buscar una transición hacia la libertad y la democracia. El desafío es monumental, pero la urgencia es innegable: romper con las sombras del autoritarismo y abrirse a la luz de la civilización occidental y sus valores republicanos.