
El aumento de la criminalidad en Cuba ya no es un dato estadístico: es una realidad palpable en las calles, los campos y los hogares. Los números son contundentes: más de 2.800 delitos registrados en 2025, un incremento superior al 330% respecto a 2023. Pero detrás de las cifras se esconde un fenómeno más inquietante: la normalización del delito como parte de la vida cotidiana.
La producción, venta y consumo de drogas se han convertido en un eje central de la delincuencia. 437 casos vinculados a drogas en 2025 evidencian que el país enfrenta no solo robos y asaltos, sino también un mercado ilícito que erosiona la salud pública y fortalece a las bandas organizadas. Este fenómeno marca un cambio cualitativo: de delitos de subsistencia a delitos de lucro y poder.
Los asaltos a personas, viviendas y establecimientos ya no son hechos aislados. La violencia física, con armas blancas o de fuego, se ha vuelto recurrente. El ciudadano común se enfrenta a la posibilidad real de ser agredido en la calle o despojado en su propia casa. La sensación de inseguridad es tan fuerte como la certeza de que la policía carece de recursos y voluntad para responder.
El robo de aperos de labranza, caballos y bueyes golpea directamente al campesinado, debilitando la producción agrícola y profundizando la crisis alimentaria. Más de 400 casos de hurto y sacrificio de ganado en 2025 reflejan cómo la delincuencia se alimenta de la desesperación y, a la vez, la multiplica.
La policía y los cuerpos represivos del Ministerio del Interior (MININT) muestran una paradoja inquietante: su ineficiencia frente a los delitos comunes contrasta con su rápida y contundente aparición cuando se producen protestas espontáneas de descontento social. Esta selectividad en la acción pone en tela de juicio la verdadera prioridad institucional: más que proteger a los ciudadanos de la delincuencia, se busca sofocar la expresión del malestar popular.
Además, es importante subrayar que los datos que se manejan provienen entre otros del propio Estado, lo que abre la posibilidad de manipulación. La práctica histórica demuestra que el régimen intenta presentarse como eficaz y “bueno”, algo que se refleja en el policíaco televisivo, donde la actuación policial aparece impecable y sin fisuras, en contraste con la realidad de las calles.
La delincuencia en Cuba no es solo un problema de orden público: es un síntoma de la crisis integral del país. El auge de las drogas, los asaltos violentos y el robo sistemático de recursos básicos revelan un tejido social desgarrado. La ciudadanía vive entre el miedo y la resignación, mientras las instituciones se muestran incapaces de garantizar seguridad.
La contradicción es evidente: cuando se trata de proteger al pueblo de la criminalidad, el Estado se ausenta; cuando se trata de reprimir su voz, aparece con toda su fuerza. Esa es la verdadera radiografía de la inseguridad en Cuba.