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Cuba: entre la resistencia cívica y el desgaste del poder
08-07-2026 | Cuba enfrenta una crisis sistémica marcada por protestas masivas debido a la escasez y la inflación, debilitando a un régimen que resiste mediante la represión mientras aguarda cambios políticos en Estados Unidos. La verdadera batalla es interna, donde la persistencia de la presión social y las posibles fisuras dentro del aparato estatal apuntan hacia una transición pactada.

La Cuba de 2026 se encuentra en un cruce de caminos que marcará su futuro político. Las protestas espontáneas, cada vez más frecuentes y masivas, han desnudado la fragilidad de un régimen que se sostiene a base de represión y control. La ciudadanía, agotada por apagones interminables, escasez de agua y alimentos, y una inflación que devora salarios, ha decidido desafiar el miedo. Ese gesto, repetido en barrios de La Habana y otras muchas ciudades y pueblos, es el verdadero motor de cambio.

Mientras tanto, desde Washington, las amenazas de intervención militar lanzadas por Donald Trump y Marco Rubio significan una espada de Damocles. Pero más allá del ruido, lo cierto es que la opción armada sigue siendo improbable: el costo humano y geopolítico sería alto, y la pertinencia de un cambio traído desde afuera generaría controversias. Por lo pronto, la verdadera batalla se libra dentro de la isla, en las calles y en las conciencias.

El régimen, consciente de su desgaste, apuesta a ganar tiempo. Reprime, multa, encarcela y militariza, mientras espera que las elecciones en Estados Unidos cambien el decorado del tablero político. Es una estrategia de resistencia pasiva: sobrevivir hasta que el viento externo sople a favor. Pero esa espera puede volverse insostenible si las protestas continúan erosionando su capacidad de control.

Aquí surge un escenario que merece atención: las fisuras internas. No es descabellado pensar que segmentos del propio aparato estatal —funcionarios medios, militares de bajo rango, diplomáticos— terminen apoyando, aunque sea de manera silenciosa, un movimiento de cambio. Ese apoyo oportunista podría abrir la puerta a una transición pactada, menos traumática que una intervención y más viable que una represión indefinida. Una salida negociada, con concesiones graduales y un calendario de reformas, sería la vía para evitar el colapso violento.

La pregunta de fondo es si esas fisuras se convertirán en grietas capaces de transformar el sistema. La protesta social ya ha demostrado que el miedo puede romperse. El régimen, por más que intente ganar tiempo, no puede detener indefinidamente el reloj de la historia. Cuba está en el umbral de un cambio, y la clave no está en los discursos de Washington ni en las amenazas externas, sino en la capacidad de su pueblo —y quizás de parte de su élite— de apostar por un futuro distinto.

 
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