
Las protestas que se vienen sucediendo en Cuba desde abril no son simples quejas pasajeras. Son el grito de un pueblo cansado de vivir entre apagones, hambre y represión. En abril fueron más de mil manifestaciones; en mayo, los cacerolazos y barricadas se multiplicaron, y el 31 de ese mes La Habana escuchó un “¡Libertad!” que retumbó en la calle Monte. Junio trajo más represión, más militares en las calles, más detenciones. Pero también más coraje.
El castrismo, que alguna vez tuvo una base social fuerte, hoy apenas se sostiene en un puñado de burócratas y en el miedo. Ese miedo se está rompiendo. La gente protesta sin líderes visibles, sin partidos detrás, porque la necesidad y la desesperación son más fuertes que cualquier consigna oficial.
El verano añade gasolina al fuego. Con temperaturas sofocantes y apagones de hasta 24 horas, la paciencia se evapora. Cada día sin luz, sin agua, sin comida, es un día más de rabia acumulada. Si las protestas siguen creciendo, el piso del régimen puede empezar a temblar como nunca antes.
Llamado a la clase política
Ha llegado la hora de que la clase política castrista reflexione. No se trata de repetir consignas ni de endurecer la represión: se trata de introducir realismo político. Experiencias en otros países muestran que cuando un sistema se niega a cambiar de paradigmas, termina colapsando. Persistir en el inmovilismo solo profundizará la crisis y aislará aún más al país.
El pueblo exige soluciones reales, no discursos vacíos. La clase política tiene la responsabilidad histórica de escuchar, de reconocer que el modelo actual está agotado y de abrir caminos hacia un futuro distinto. Si no lo hace, será la propia sociedad la que, con su resistencia y su voz, termine por estremecer los cimientos del poder.